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06 junio 2011

LOS AÑOS DEL HAMBRE

¡Corre, corre!, que un hombre se ha caído en la esquina. Decían las voces. Le ha dado un “flato”.

El flato era la palabra que definía lo que ocurría con demasiada frecuencia y no solo por las calles sevillanas de irregular adoquinado. Y es que comer en los años “de la hambre” se convirtió en un imposible para muchos. El señor llevaba una semana sin comer y su cuerpo no soportaba ni su propio peso. Un corrillo de niños con las canillas al aire y rapados para evitar ser comidos por los piojos, llevaban zapatos ocres roídos, que dejaban al aire el dedo gordo del pie en muchos casos, (y que en otros la suela se abría por delante como si de un cocodrilo se tratase), rodeaban al despojo viviente con cara de cadáver.

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Algún alma caritativa se dejó caer al rato para darle un caldito de patas de pollo al pobre hombre, un pollo fantasma que nadie vio jamás, ¿de dónde saldrían esas patas? que al rato pudo recuperar el color de cara y continuar su camino, no se sabe hasta donde. Las mondas de patata fueron su última comida hizo ya varios días. El dicho de que el puchero resucita a los muertos debe provenir de esos tristes momentos.

Las cartillas de racionamiento no cubrían la alimentación de los ciudadanos y había cartillas para todo. El mozo llamado a filas, por ejemplo, era provisto de su cartilla de tabaco, además del uniforme, tieso como una mojama. La gente se agolpaba en las dependencias del Auxilio Social, puesto en marcha precariamente para socorrer cientos de miles de bocas y darles de comer.

Hablamos de la posguerra, una época trágica tras la Guerra Civil española.

¡Qué sano se ve tu niño! le decía una mujer a otra. Era un niño rollizo.

No es como hoy, donde los cánones de belleza cambian en función de la opulencia económica. A pesar de estar gordo, era preferible a sufrir raquitismo, no hay mal que por bien no venga. Era por tanto un niño bello, además de sano, posiblemente de los pocos casos salvados por el estraperlo, que así se le llamaba al mercado negro de alimentos, donde se acudía cuando los cuartos raramente alcanzaban un poco más allá. Los padres se veían en la obligación de tener muchos hijos, la mitad en muchas ocasiones morían y tener muchos hijos aseguraba tener algo de descendencia al final de sus días.

Tan lejano en el tiempo y tan cercano en la distancia.

(…)

Guillermo Campanal recién casado el verano que estalló la guerra escapó con su señora por el pasillo de Tomares hacia Asturias, donde luchó como miliciano Republicano. Una vez conquistada Asturias, Campanal volvió a Sevilla y después de pasar un periodo de “retiro” en un campo de trabajo, el Régimen entendió que el delantero centro de la selección le era más útil fuera que encerrado y lo destinó a una batería antiaérea en Tomares. Otros no volvieron jamás, o descansaban sus huesos en la fosa de la muerte.

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Manuel Blasco Garzón, ex presidente sevillista y José Manuel Puelles de los Santos, médico del Sevilla FC, republicanos ambos, exiliado el primero,
jamás volvió a ver a su Sevilla FC y el segundo fusilado durante la Guerra Civil.

Todavía en medio de las embestidas de este jinete del Apocalipsis, a pesar de las bajas, había quien soñaba con la gloria, recitando de memoria, quizás, la alineación del equipo ganador de la Copa de España del 39. Como las cuentas de un Rosario, un jugador tras otro.

“…Bueno, Cayuso, Villalonga, Torróntegui, Félix, Leoncito, López, Pepillo, Campanal, Raimundo y Berrocal…”

Una cantinela de seguido para matar el hambre, pero para henchir el alma, el sevillismo de las calles brotaba de nuevo en el yermo campo. Antes, los que quedaron, jugaron partidos para la beneficencia, o los obligados a favor de los flechas, o el ejército, frente al otro club de la ciudad.

Sevillistas en la dura España del hambre. Nuestros padres, abuelos o tíos que recordarán a la perfección lo que aquí contamos.

El corrillo de niños continuó dando patadas a una lata, a modo de balón,  que tropezaba en los adoquines elevados, emulando a sus ídolos, que no les defraudaron, estos no, apartándose al paso del burro famélico que tiraba del carro lleno de cachivaches por la plaza de la Pila del Pato.

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En la lejanía el señor del flato, continuaba su camino.

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   4 comentarios :

  1. Tan solo se me ocurre una palabra para describir lo que me parece este artículo.
    GENIO

    Un abrazo

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  2. Elegancia para tratar la desgracia.

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  3. Ya tenemos mejor post de la semana que viene para la blogosfera.

    Gracias Carlos.

    Todo un regalo.

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