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06 julio 2015

ENRIQUE VIDAL. ENTREVISTA EN ABC

«Lora mantuvo él solito el prestigio del Sevilla durante los años más oscuros»

Por J. Félix Machuca

Abogado mercantilista, miembro del Área de Historia del Sevilla Fútbol Club, la semana pasada presentó en el estadio Ramón Sánchez-Pizjuán el libro «Enrique Lora. Un purasangre de otros tiempos»

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Lleváis unos años los mercantilistas con trabajo de sobra…

—Y especialmente este año, en que hemos tenido reformas en la Ley de Sociedades de Capital, que es nuestra particular biblia. No nos podemos quejar del trabajo.

La crisis que hace rico a algunos y a otros los envía al infierno, ¿no?

—Así es. Y de hecho para los que tenemos que arreglar entuertos no se puede decir que haya sido perjudicial del todo. Me refiero a que cuando las empresas están en estado de necesidad se recurre a asesores en busca de milagros. Sí, los asesores hemos tenido bastantes proyectos.

Pero usted acaba de saborear la gloria escribiendo un libro sobre uno de los perfiles futbolísticos locales más señeros de los años 70…

—La verdadera gloria, más que escribir el libro, ha sido conocer a Enrique Lora en profundidad, un ídolo de mi infancia

—¿Qué empujó a Enrique Lora a pasar de jornalero a futbolista?

—Su determinación por ser alguien importante en el mundo del fútbol, que era su pasión. Siempre tuvo una confianza absoluta en sus posibilidades.

—Tengo entendido que a punto estuvo de fichar por el equipo de la Palmera. ¿Es así?

—Cierto. Y no lo hizo porque el acuerdo económico que le ofrecieron nunca se hizo realidad y eso lo aprovechó el Sevilla Atlético para ficharlo y cumplir con lo acordado.

—Vamos por partes: los inicios de Lora no fueron fáciles. Pasó de juvenil a la local. O sea, en vez de subir, lo degradaron…

—Así es. Se vio obligado a salir de la cantera sevillista para partir de cero desde la local sevillana. En el Club Deportivo Hispalense, un equipo del Frente de Juventudes con sede al lado de la basílica macarena. Y se entrenaban donde podían: por ejemplo, en la lonja del pescao del Barranco.

—Pero ahí comenzó a echarles pulmones y casta a la vida porque pronto lo llamaron para el Sevilla Atlético.

—Primero para el Coria y después para el Sevilla Atlético.

—¿Es cierto que hubo veces que regresó, tras entrenarse, andando a su pueblo?

—Sí. Jornada que iniciaba a las cinco de la mañana para trabajar en el campo y regresaba a casa sobre las doce de la noche tras entrenarse en Sevilla.

—Hay un pasaje curiosísimo en el arranque de su carrera. Cuando lo ficha el Coria y se marcaron un queo…

—Sí, a un médico de la familia, muy amigo de Pedro Marco, Miguel Royo Balbontín, lo presentaron como don Luisao, con instrucciones de no abrir el pico. Hizo el papel de un ojeador técnico portugués que se lo quería llevar. Y el Coria lo fichó pagándole 1.500 pesetas y dejó de trabajar en el campo.

—Listo como el hambre. Y honrado a carta cabal. Preciosa la anécdota en la que llega con 25.000 pesetas de la época…

—25.000 pesetas, menos lo que le costó el taxi. Ese fue el dinero que le ofreció el Sevilla At. por ficharlo. Cogió un taxi para ir hasta La Puebla del Río y al llegar abrió el sobre y lo desparramó encima de una mesa para que lo viera la madre. Lo primero que se hizo con aquel dinero fue enlosar el suelo de cemento de la casa.

—El fútbol como ascensor social…

—Como paraíso soñado por la gente más humilde para salir de la exclusión. No solo los toreros salían del hambre tirándose de espontáneos. El fútbol fue también una puerta para acceder a un mejor porvenir.

—Es curiosa la trayectoria de Lora: de jornalero a internacional con España, a héroe futbolístico de un Sevilla jarto de arena del desierto…

—Enrique fue ídolo de toda una generación y mantuvo él solito el prestigio del Sevilla durante sus años más oscuros, incluso estando en Segunda división donde siguió siendo internacional.

—¿Se confirma que le daba jindama la oscuridad como a muchos grandes toreros?

—Así es, y se confirma también que su infancia fue tan dura que en su casa solo había una cuchara, que se la turnaban para comer. Hoy sus cocinas tienen cajones llenos de cubiertos.

—¿Qué aprendió con Max Merkel?

—Merkel tuvo la sabiduría de percatarse del diamante que tenía en sus manos y lo pulió con sus métodos innovadores.

—¿Alguna anécdota inconfesable con Dan Giorgiadis?

—(Risas) Que en lo físico cada uno se entrenaba por su cuenta, porque dejaban de hacerlo cuando aún no habían roto a sudar. Se pasaban el día haciendo test sicológicos.

—¿Qué prepara para un futuro inmediato el Área de Historia del Sevilla, cátedra ya del fútbol según Nervión?

—El futuro museo, un posible trabajo sobre el campeonato de Andalucía y una maqueta para reconstruir el viejo

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