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28 marzo 2016

IDENTIDAD ANDALUZA Y FÚTBOL

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Hace siglos, tanto Holanda como Inglaterra, impotentes ante el auge, para ellos, desmesurado del imperio español, deciden combatir la hegemonía de Felipe II mediante la guerra sucia, en forma de propaganda antiespañola, que encuentra en la imprenta de Gutenberg -panfletos y libros-, además de los púlpitos protestantes, el mejor altavoz posible. Había nacido la denominada leyenda negra de España.

El objetivo de esta propaganda, inicialmente, era justificar su propio fracaso militar ante España imputando a ésta atrocidades y malas artes que impedían un combate honesto y en pie de igualdad con sus soldados, auténticas alimañas sedientas de sangre, y cegadas por una concepción religiosa extremista y paranoica del catolicismo. La siguiente derivada era lógica, si por ejemplo se recurría a la piratería contra la armada española, era en legítima defensa.

Como toda propaganda de denigración, para que funcionase adecuadamente, debía servirse de cualquier hecho real, aunque fuese anecdótico, para magnificarlo y convertirlo en un todo que borraría cualquier cosa que le estorbase, lo que llevado al extremo serviría para convertir un pequeño hecho o acto nada representativo, en el canon que guiaba las conductas del rival en todo momento y lugar, negando sistemáticamente sus méritos, sus valores y las dificultades de sus conquistas y sus obras. Todo lo actuado por los conquistadores españoles en América fue deleznable. Góngora, Lope, Quevedo, Cervantes, por ejemplo, fueron simples mindundis, el único bueno era Shakespeare. En resumen, se ponía altavoz para los méritos propios y los tropiezos ajenos, y sordina a la inversa.

Posteriormente, cuando se fue equilibrando la balanza del triunfo en los campos de batalla, gracias al declive hispano, y sobre todo, a la bancarrota del Estado, la leyenda negra sirvió para ensamblar las victorias inglesas y holandesas en un contexto de superioridad moral que adornaba aún más los éxitos bélicos, al acabar sometiendo al rudimentario y salvaje español, dotando así a todos sus éxitos del halo de la predestinación. La consolidación del protestantismo ayudó a que se extendiera con notable auge esta deformada visión de sus gentes. España era lugar de brutos, desalmados, ignorantes, no había cultura, no había espíritu, no había moral. La herencia morisca se hacía sentir, sobre todo en el Sur, donde proliferaban tunantes, golfos, vagos y un sinfín de individuos claramente inferiores, de baja estofa, habitantes de una tierra oscura y primitiva. Ésta era la visión de España en Europa, la que la propaganda inglesa y holandesa se había preocupado de crear y extender, pasándola por verdad absoluta. La persistencia del mensaje ha llevado a generaciones, que alcanzan incluso hasta nuestros días, a mantener esta creencia.

Con la llegada de la Revolución Industrial y el perfeccionamiento de los medios de transporte a larga distancia, fundamentalmente los barcos de vapor y el ferrocarril, comienza también la era de los viajes, no sólo profesionales o de negocios, sino también de placer. Es la época de los viajeros románticos, los extranjeros que escriben libros de viajes para consumo doméstico y, posteriormente, los primeros fotógrafos. Conscientes de la visión de España en la que se han educado, bajo ese filtro, y sin perder la perspectiva de que sus obras están destinadas al consumo de lectores educados en esa misma visión de las cosas y a los que no se puede decepcionar, estos viajeros centran sus relatos en los aspectos y datos más tópicos que esos lectores desean consumir. Surge el pintoresquismo, el orientalismo, la España gitana, la literatura de los bandoleros y otras visiones deformadas de lo español, con Andalucía como mejor metonimia del país, copando sus obras y atrayendo la presencia en nuestra tierra de otros muchos viajeros en busca de esas vivencias. Pronto el elemento local se da cuenta de lo que el turista foráneo quiere comprar y lo fácil que resulta vender esa imagen preconcebida de España que le magnetiza. Acaba de nacer la industria de lo pintoresco, el mercantilismo inspirado en la deformación de la cultura y el folclore por puro interés económico, para presentar al consumidor lo que el consumidor quiere comprar, el souvenir, antítesis de lo auténtico.

La explotación de esta imagen falsa de Andalucía como medio de vida y fuente de riqueza ha sido tan perniciosa que se ha perpetuado sin remedio al punto de que los propios habitantes de nuestra región piensan que ese cliché de lo andaluz es realmente su cultura, su verdadera identidad. Pregúntenle a cualquier abuelo a ver qué opina. El colmo de esta suerte de prostitución identitaria ha sido la institucionalización de esta impostura como cultura oficial de Andalucía, gracias al gobierno socialista de la democracia (podía haber sido de cualquier otro signo, aunque no podemos afirmarlo por no haberse dado el caso), un gobierno que ha hecho del pan y toros que tanto denostaba durante el franquismo, su propia y única política. Basta acudir a los medios de comunicación oficiales del gobierno andaluz o a sus premios y medallas del 28F para comprobar que su concepto oficial de la cultura, amén de su ideología, se cierne a la copla, las cofradías, las ferias, las romerías, el folclore o todo lo que represente estos mismos frentes en cualquier otro campo, incluido, entre otros, el deporte o el cine. ¿Para qué fomentar la obra de Murillo o Juan Ramón Jiménez, si se le pueden dar minutos de prime time a Manu Sánchez o a Juan y Medio y sus niños haciendo el payaso? Crean artificialmente una audiencia y luego justifican sus decisiones en los gustos de esa audiencia.

En el ámbito del fútbol, no es difícil observar similitudes con todo lo que acabamos de exponer. Hubo (y hay) un club hegemónico, casi invencible en los terrenos de juego, que fue (y es) combatido fuera de los mismos con guerra sucia. Los impotentes para triunfar sobre la hierba recurren a la denigración de su imagen para mancillarlo y horadar su prestigio. Con las mismas técnicas de manipulación e infundios demostradamente eficaces, tratan de quitar brillo y fuste a la historia del Sevilla F.C., hacerlo antipático y dañarlo, a la par que también pretenden justificar con ello, ante los suyos y ante el mundo, su manifiesta inferioridad, su incapacidad innata; todo ello sobre la base de un victimismo genético, del que en el fondo no pueden (ni quieren) desbridarse. No es casualidad que sus rivales se mueran por aparecer como los más simpáticos y genuinos representantes de lo andaluz en el fútbol. Tampoco es casualidad que quieran presentarse como dueños exclusivos de los sentimientos, como si estos pudieran medirse y como si ellos fueran los únicos que pueden medirlos. Todos son muy buena gente, y los sevillistas, sin excepción, basura humana. Veredicto: culpables por tener éxito.

Menos aún extraña la de veces que a lo largo de la historia estos eternos aspirantes han sido salvados, ayudados o subvencionados, directamente (enchufándoles pasta) o indirectamente (regalándoles estadios sus ayuntamientos), sobre todo en épocas de totalitarismo, tanto dictatorial (Franco) como democrático (PSOE andaluz). Efectivamente, puede que a estas entidades y a sus simpatizantes se les reconozca fuera de nuestra tierra como símbolos de Andalucía pero, no nos engañemos, eso pasa, porque son, en el campo del deporte rey, la misma deformación o el mismo cliché que la copla, el paisano chistoso o el andaluz inconstante, ese tipo inofensivo con el que te diviertes y quieres irte de juerga pero con quien no quieres oír ni hablar de nada serio. La Andalucía, y sobre todo, la Sevilla de la distorsión, convertida en parque temático de despedidas de solteras, películas como “8 apellidos vascos” o series como “Allí abajo”, mendigando citas televisivas o similares como mayor orgullo y aspiración.

Denunciamos estas cosas porque nos duelen. Y sabiendo que generalizar puede ser injusto, aunque en este caso es precisamente la generalización del tópico parte fundamental de lo que sucede. Hay mucha gente, tanto de fuera como de la propia Andalucía que, desgraciadamente, no se toma en serio a esta tierra, incluso de buena fe. Y ello impide que reluzca la verdadera maravilla que somos. Porque sí, hay una Andalucía tapada, digna, auténtica, que no interesa a los políticos, que huye del tópico y que no se lleva los flashes. Hay una Andalucía desconocida que reniega del jijijaja. Una Andalucía trabajadora, seria y exigente, ambiciosa e inconformista, que es capaz de triunfar y perdurar y de poner su nombre en primera línea a nivel internacional como casi nadie es capaz de hacer. Es una lástima que la envidia propia y la extrañeza ajena prefieran esa otra Andalucía vulgar y suplantadora, y hayan convertido en paradigma su imagen folclórica, chabacana, tópica y pintoresca, sólo porque haya toda una industria que vive de ella, porque han conseguido que el pueblo se trague el engaño y porque la han institucionalizado a golpe de BOJA. La Andalucía del éxito molesta y hay que cortarle las alas. Que se conforme con las palmaditas en la espalda que se le dan a los tontos, o las migajas de una simpatía que es puro paripé y que troca en mierda todo nuestro potencial. Así nos va, y así nos lleva yendo desde hace años.

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Lo futbolístico, evidentemente, no se libra de todo esto, todo lo contrario. Eso de que un equipito del sur de España se suba a las barbas de los poderosos haciendo las cosas de lujo hay que cortarlo por lo sano, y mejor si es desde dentro, desde su propia tierra, desde Andalucía. Nada como una leyenda negra para combatirlo, todos unidos, esclavos del tópico, contra el Sevilla F.C. Un club doblemente odiado por ganar (casi siempre) al equipo local de turno y hacerlo (muchas veces también) a sus amados Real Madrid o F.C. Barcelona. Porque lo guay, para estos iluminados, lo verdaderamente andaluz, es ser ese muñeco del pim pam pum para usar y tirar con el que echarse unas risas y que no es capaz ni de darse cuenta de que es el máximo contribuyente de sus propias desgracias. Así pues, cuando te digan que un equipo X representa a Andalucía (o Sevilla) y que es la verdadera imagen de su tierra y sus valores, pregúntate de qué Andalucía (o Sevilla) estamos hablando y si es o no para sentirse orgulloso. Nosotros lo tenemos claro, otros no tanto.

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   6 comentarios :

  1. Saludos.

    Nunca quise decirlo, pero viene al caso: el mayor desprecio a lo propio es llamar a Sevilla "Ciudad del Betis".

    Como bien decís, el mayor enemigo nuestro somos nosotros mismos. O parte de nosotros.

    Cuidaros.

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  2. Pues pues no es ni más ni menos que lo que habéis sembrado durante décadas.Esa siembra ha traído esta recolecta.Una avalancha de tópicos,no se tan tópicos,que han hecho que el andalucismo haya dejado de existir.Andalucía con sus tópicos relatados es Sevilla,las demás provincias no se identifican ni lo más mínimo con ello.A fuerza de tanto intentarlo,lo habéis conseguido.Viva er Beti y er Sevilla,y Curro y la Macarena,y Jesú der gran podé,y Triana y la espó.

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    1. ¿De qué equipo es usted?

      Juan

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  3. Este artículo refleja punto por punto todo lo que pienso. Por eso, sobre todo, le tengo tanto asco al club folklórico de Sevilla; porque es un lastre tremendo. Y por eso estoy tan orgulloso de mi Sevilla, que se rebela contra esa cruz, que mira a los rivales a los ojos y los reta. Los sevillistas somos fieros, ergo antipáticos; hay otros que son becerros paciendo, ergo entrañables.
    El Sevilla, tanto institucional como socialmente, está señalando un camino. A ver quién es capaz de quitarse de encima la cochambre y seguir ese camino...

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    Respuestas
    1. Sevilla es Rojiblanca30 de marzo de 2016, 16:04

      "El club folklórico de Sevilla" jo jo! qué gran definición. ¿Y cuando dicen lo de "Su majestá er rearbeti"? o "Er glosioso"? Qué ascazo dan.

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  4. Bonito comentario GUARDIANES DE LA MEMORIA,estais marcando el camino que nos acerca a lo creador, a lo importante, a lo que nos realiza.La seriedad y el rigor con la que habéis expuesto estos breves apuntes de nuestra historia y con esa capacidad de síntesis es admirable. Estoy totalmente de acuerdo, el folclorismo barato es lo que nos ha estancado en el tiempo y padecemos actualmente.

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